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sábado, 4 de julio de 2009

4 de julio


Hoy es 4 de julio. Y me dispongo, una vez más, a cantar sin ningún pudor, sin ningún complejo, bien alto y claro, la belleza del Imperio bajo el que hemos nacido nuestra generación: los Estados Unidos de América.

Estados Unidos ante todo es una democracia, una república de hombres libres, un experimento de libertad que salió bien. Es una república que tras la II Guerra Mundial vino a ser imperio. Un imperio no interesado en conquistar y oprimir, sino en establecer relaciones comerciales. Una república de comerciantes como lo fue Roma antes del principado.

Ahora, en el ocaso de su hegemonía indiscutible, con tristeza reconocemos que será difícil encontrar una Roma más humana, más imbuida de los valores occidentales.

En nuestra época todos somos un poco norteamericanos, como también todos somos ya un poco griegos. Durante casi medio siglo, Estados Unidos ha supuesto para el mundo estabilidad, prosperidad, una moneda estable para los intercambios internacionales, y algo parecido a una policía internacional.

Ante ella cayó la Esparta Soviética. A ella la envidiamos los europeos helénicos. Sus botas pisaron las selvas asiáticas y las junglas centroamericanas, administraron países, depusieron gobiernos y crearon, finalmente, la Red. Quizá más allá de cualquier coliseo, más allá de cualquier arco conmemorativo, su consecución última, la que nos coloca en otra era, sea ésa precisamente: la Red.

TRADUCCIÓN

On July 4


Today it is a July 4. And I prepare, once again, to sing without any decency, without any complex, high and clear good, the beauty of the Empire under which we have been born our generation: the United States of America.

The United States first of all is a democracy, a republic of free men, an experiment of freedom that went out well. It is a republic that after the Second World War came to be an empire. An empire not been interesting in conquering and in oppressing, but in establishing commercial relations. A merchants' republic since it it was Rome before the principality.

Now, in the west of his indisputable hegemony, with sadness we admit that it will be difficult to find a more human Rome more imbued with the western values.

In our epoch we all are a little North American, as also we all are already a little Greek. During almost half a century, the United States has supposed for the world stability, prosperity, a stable currency for the international exchanges, and something similar to international police.

Before her the Soviet Sparta fell down. We envy her the Hellenic Europeans. His boots trod on the Asian forests and the Central American jungles, administered countries, laid down governments and created, finally, the Network. Perhaps beyond any coliseum, beyond any commemorative arch, his last attainment, which places us in another age, is that one precisely: the Network.

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