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viernes, 19 de junio de 2009

Qué bonitas son las concelebraciones



Qué bonita ha sido la misa con el obispo y otros sacerdotes en la catedral, para abrir el año sacerdotal. Cuando veía al obispo arrodillado ante el altar y a nosotros, ocho sacerdotes, me imaginaba allí a Jesús rodeado de sus doce Apóstoles, que éramos nosotros. El mismo Jesús y otros apóstoles.

Durante esta ceremonia, no dejaba de pensar lo bonito que era todo. Todas las casullas blancas, las albas y dalmáticas que rodeaban el vetusto y venerable altar, daban un aspecto de Cielo a esa liturgia.

Hasta los ateos, si hubieran presenciado esta eucaristía, deberían haber pensado: qué gran cosa es ser sacerdote si el Evangelio es cierto. Porque el sacerdote es el portador de unos poderes verdaderamente supraterrenos, es el administrador de una fuerza espiritual que se distribuye en forma de siete dones. El sacerdote es el custodio legítimo de las palabras de Nuestro Señor. Los demás harán novelas, películas o ensayos sensacionalistas acerca de lo que creen que Jesús dijo o pensó. Los presbíteros, los sacerdotes en comunión con los auténticos sucesores de los Apóstoles, no hablamos de otra cosa más que de lo que hemos recibido.

Ser sacerdote es dedicarse a hacer el bien, especialmente en la parte más noble del ser humano. Es trabajar para aquello que no será polvo. Ser sacerdote es tener un rebaño, cuidarlo, mimarlo, buscar a las ovejas perdidas.

Los sacerdotes deberíamos ser ángeles repartidos por el mundo, torres de fortaleza, órganos que tocaran una música celeste, luces que resplandeciéramos con un brillo más allá de lo material.

Que Jesús cada día, en nuestra oración, nos enseñe qué quiere de nosotros.

Traducción

What nice the concelebraciones are

What has the mass been nice with the bishop and other priests in the cathedral, to open the priestly year. When it saw the bishop kneeled down before the altar and to us, eight priests, I was imagining there to Jesus surrounded with his twelve Apostles, that we were we. The same Jesus and other apostles.

During this ceremony, he was not stopping thinking the nice thing that was quite. All the white chasubles, the dawns and Dalmatian ones that were surrounding the very old and venerable altar, were giving a Sky aspect to this liturgy.

Up to the atheists, if they should attend this Eucharist, they should have thought: what big thing is to be a priest if the Gospel is true. Because the priest is the bearer of a few powers truly supraterrenos, he is the manager of a spiritual force that is distributed in the shape of seven gifts. The priest is the legitimate custodian of the words of Our Gentleman the others will do novels, movies or sensationalist essays about what they believe that Jesus said or thought. The presbíteros, the priests in communion with the authentic successors of the Apostles, we do not speak about another thing any more than from what we have received.

To be a priest is to devote itself to be right, especially in the most noble part of the human being. It is to work for what will not be a dust. To be a priest is to have a herd, to take care of it, to spoil it, to look to the lost sheep.

The priests we should be angels distributed by the world, towers of fortitude, organs that were touching a celestial music, lights that we were glistening with a sheen beyond the material thing.

That Jesus every day, in our prayer, teaches us what he wants of us.

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